miércoles, 10 de abril de 2013

De mis paseos en bicicleta





Uno de mis mayores placeres cuando era un niño e inclusive cuando joven, fue andar paseando en bicicleta. Ya fuera por hacer algún mandado o solo para sentir que podía controlar cualquier velocidad.
Sentir el aire, la lluvia, granizo o echar carreras con los coches. No imagino a qué velocidad pueda viajar una bicicleta cuando se pedalea con 10 o 18 años, espantado o solo por placer de sentir la velocidad.
En aquellos años, en mi bella Santa Julia, era común andar en bicicleta correteando al panadero para robarle el pan, acompañando a alguna chica, claro, ella caminando y yo montado  en mi poderosa bicicleta, echando carreritas contra tiempo con los amigos, dando vueltas por las calles en las que estábamos amenazados, o simplemente siendo correteados por algún perro.
Esta Memoria de Amnésico no me permite recordar con exactitud pero estimo que aprendí a andar en bicicleta entre los 7 u 8 años.
Nunca faltaron los golpes, caídas, corretizas e inclusive el robo de tan preciado objeto.
Esta ocasión enfocaré mi recuerdo a momentos que viví en las bicicletas que acompañaron mi juventud.
La bicicleta con la que aprendí, era una rodada 14 para mujer color rosa. Los trabajadores de mi papá se burlaban y me decían “Pareces puto en esa bici”. Jajajaja, ahora me da risa pero en esos años, era un insulto a mi orgullo.

(1)
Recuerdo que nos juntábamos los que formábamos parte de la palomilla y nos íbamos al Jardín de Salesiano. Había una pista para andar en patines, triciclo o bicicleta. Pobre de aquel que se atravesara cuando andaban circulando nuestras bicis. Éramos un ferrocarril sin freno. Nunca faltaron los accidentes.
Una ocasión, andaba en mi poderosa bici putona a toda velocidad y por más que grité:
Aguas!!! ,
Un chamaco no escuchó el aviso de peligro inminente y se atravesó en mi camino. Iba yo encarrerado como una locomotora y el choque fue inevitable.
MADRES!!!!!

(Las bicicletas no hablan y los chingadazos en bici casi ni ruido hacen ¿no? Pero lo escribo así para que ubiquen el momento del choque)
El niño salió volando sobre la pista y yo fui afortunado al caer sobre pasto. Un poco aturdido me levante y volteé al cielo y lo ubique, mire al piso y lo ubique, mire hacia los lados y vi un cuerpo que se movía aún con vida.
me acerque y le pregunté:
- ¿Estas bien?
Él me contesto que si
- Ah bueno, entonces, continuemos nuestro recorrido, ni te debo ni me debes. Cada quien se queda con su chingadazo.
No tarde en darme una vuelta por donde había sido el encontronazo y metros antes de llegar al lugar, vi que el niño y su papá compartían la bicicleta. El señor llevaba la parte trasera de la bicicleta en una mano y en la otra un cinturón, el niño llevaba el volante junto con la llanta delantera.
Me frené de chingadazo y aplique lo aprendido en los programas de televisión de aquel entonces:
Pecho tierra, bien pegadito como si fuera lombriz y sin hacer ningún movimiento para no ser descubierto.
El señor volteaba para todos lados como buscando al culpable de semejante tragedia.
Esperé así algunos momentos hasta que note que no había sido descubierto. Poco a poco me incorporé y cuando ya se habían alejado lo suficiente, emprendí la huida. Llegue a casa, guarde la bici y dejé de usarla una semana hasta que se calmara la situación.

(2)
Otra ocasión fue cuando me tocó estar en el momento erróneo en el lugar erróneo. Fue cuando mi papá me mando a comprar unos tornillos. Ya para entonces dominaba al 100 % mi bici, la bici y yo éramos algo así como El Llanero Solitario y Plata.
Pues total que me mandaron por unos tornillos a la Avenida Marina Nacional casi esquina con Lago Chapala, “La casa del Tornillo”. Iba muy quitado de la pena quizá pensando en las piernas de alguna amiga o en algo, pero resulta que, iba ya casi llegando a mi destino cuando de entre los carros estacionados en Lago Chapala, salió un niño chiquillo como de 6 años, yo tendría 10 u 11. El golpe no fue ni tan duro, ya había antes machucado perros, gatos y viejitas y no se sintió con la misma intensidad. Pero como los escuincles son escandalosos y teatreros, este niño no era la excepción. La mamá, al escuchar el chillido de su cría, salió corriendo de entre los carros preguntándole al niño que estaba aún con vida sobre el suelo:
- Nooooooooo (así con grito desgarrador de telenovela) Mi amor ¿Qué te pasó?
Yo, con toda la responsabilidad civil que me correspondía dije:
- Perdón señora, el niño salió corriendo de entre los carros y le pegue con la bici
Aquella madre que parecía amorosa y dolida con el sufrimiento de su lechón, inmediatamente se transformó en una fiera.
- ¿Cómo que lo atropellaste con la bici hijo de tu ……?, no recuerdo las palabras exactas pero parecían psicofonías del infierno. Nada más alcancé a escuchar algo de mi mamá.
Poco a poco fui retrocediendo sin dejar de mirar los ojos de la bestia; como pude, logré montar un pie en la bici, enfile hacia Marina Nacional y al grito de
Aiiiiooooooooo Silver!!!! Salí vuelto madre. Sí señor, El Neto emprendía la graciosa huida.
Apenas llevaba una cuadra andada cuando volteé y noté que un grupo de personas y quizá alguno que otro perro, comenzaban a correr con el fin de atraparme y me dije:
¿Me atrapan? Ni madres, alcáncenme si pueden.
 
Como en aquellos años nadie me ganaba a correr y menos espantado, emprendí la fuga.
Como ya me había montado en mi poderosa bici putona, pedaleé y pedaleé a mas no poder, miré hacia atrás  a ver si me seguían y si, efectivamente, iban tras de mi unas 20 personas entre jóvenes, señoras y niños.
Llegue a Marina Nacional y di vuelta a la derecha. Apenas había avanzado unos metros y sentí que algo trababa mi transporte. Me bajé con la confianza de llevarles delantera de unos metros y una cuadra. Revisé mi bici y noté que el escuincle desgraciado me había desajustado el freno delantero. Mi caballo cojeaba de la pata delantera. No era el momento de sacrificarlo en ese lugar y como todo buen amigo, decidí cargarlo en hombros. Y ahí va El Neto cargando a su inseparable amigo. Corriendo sobre la avenida llegando a Lago Chalco. Crucé Lago Salesiano y en Lago Xochimilco di vuelta a la derecha para incorporarme a Laguna de San Cristóbal. Me sentía yo como José Alfredo Jiménez y su Caballo Blanco.

Recorrí las mismas calles pero ahora de regreso al taller de mi papá.
Inmediatamente metí mi caballo a su corral, aseguré la puerta y a aplicar nuevamente el clásico “pecho a tierra”.
Los ayudantes de mi papá me preguntaron
- ¿Qué pasó?
Les platiqué mi odisea y me dijeron:
- No te muevas, hay vienen
Ya cuando habían pasado de regreso de su expedición punitiva, me levanté del suelo y tuve que permanecer oculto por varias semanas.
(3)

Sería allá por 1976 o 1977 cuando mi papá me dijo:
- Vete a traer 50 metros de cinta del número 12.
La cinta la ocupábamos para atar o amarrar los embobinados que hacíamos en el taller.
Ya para entonces la bici putona ya casi no la usábamos. Ahora era sustituida por una poderosa rodada 18 para hombre, negra, sin llantitas en la parte de atrás y con un estorboso portabultos que más bien parecía portabultos de tortillería.
Monté en mi poderoso caballo azabache y emprendí el viaje de Laguna de San Cristóbal a Calzada General Mariano Escobedo. No era lejos el viaje pero era emocionante pasar sobre Marina Nacional y ver a las chicas de la Universidad o de otras escuelas que había en el camino.
Era agradable encontrar a chicas con sus minifaldas caminando sobre Marina Nacional o a las chicas de las escuelas que había sobre Mariano Escobedo o las que casualmente y por pura mala suerte se hacían merecedoras a un piropo.
Dando vuelta a la derecha en la calle de Laguna de San Cristóbal, se incorporaba a Marina Nacional. Avanzabas unos metros y te encontrabas con Mariano Escobedo. Casi inmediatamente se encontraba con una escuela de Secretarias que, por casualidad, ya sabía la hora en que salían a descanso.
Me apuré a comprar lo que me habían encargado. La cinta me la entregaban medida en metros y enrollada a manera de cuerda de charro. Con los dedos sostenía la punta y la iba enrollando de la palma de la mano al codo. Le daba unas vueltas a la punta final y me la entregaba. Tome mi cargamento y lo puse cruzado sobre el volante. Monté mi poderoso caballo de acero y enfilé mi regreso. A medida que me iba acercando a la escuela de secretariado, noté que había un grupo de muchachas platicando en la calle. Asumí una pose así como tipo Pedro Infante cuando montaba a caballo y solté la rienda de mi cuaco. Así sin las manos en el volante avancé unos metros a mediana velocidad. Había chicas que nos les gustaban  los piropos o al menos los mios no les gustaban. Apenas había avanzado unos metros y exactamente cuando pasaba frente a las chicas, avente mis palabras en forma de flores:
- Muchachas, que guapas y herm….. MADRES!!!!!

No me dio tiempo ni de terminar el piropo.
No supe como de repente estaba montado en mi cuaco y en un segundo estaba en el suelo.
No sé por qué las cosas suceden frente a donde va a hacer más ridículo o donde va a llamar la atención. Ese tipo de madrazos no son tan dolorosos físicamente, pero moralmente revientan un poco más de media madre.
Hasta parece que uno va anunciando para que todos te vean:
Hey, vean como me reviento media madre con esta marometa con salto doble invertido hacía atrás, con un agradable crujir de cabeza y estruendoso romper de pantalón.
No vi mi caída pero me imagino que las patas traseras de mi cuaco se levantaron en una espectacular vuelta de 180º con todo y jinete. Hay vamos el cuaco y jinete al suelo delante de las chicas que intenté llamar su atención. Espero lo haya logrado.
Como pude me levanté e inmediatamente desenrolle la punta suelta de la cuerda que llevaba en el volante. Resulta que dicha punta se fue aflojando y se fue enrollando en los rayos y en el centro de la llanta. Llego el momento en que la cuerda se tensó atorando le libre giro de la llanta y frenándola de un solo golpe.
Tranquilamente sacudí mi pantalón roto por la caída, ayude a mi cuaco a levantarse y después de una rápida revisión, noté que no había necesidad de sacrificarlo. Camine con mi cuaco tomándolo firmemente de las cuerdas y me lo lleve a la vuelta de la calle, un lugar alejado de las miradas curiosas. Tranquilamente me senté en la banqueta y comencé a sobar las partes de mi cuerpo que habían recibido el impacto, cabeza, manos, codos, espalda, panza, mis pompitas, las rodillas. Qué lástima que no hay alivio para el orgullo.


Hubo otras historias que a su debido momento contaré

PAZ A LOS HERMANOS
PASA LAS HERMANAS

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