sábado, 27 de noviembre de 2010

Recuerdos de Chapultepec



Chapultepec es el lugar por excelencia para ir a ahogar las penas al lago, recorrer las zonas arboladas con el novillo o la novilla, algo así como sacar a pastar al ganado, visitar el castillo, recorrer su historia o hacerle nomas como le hacíamos nosotros, para ir a gatear los domingos. El término “Gatear” era muy usual en aquellos años, no sé si siga en práctica ahora. Consiste en ir, ya sea solo o en bola, a buscar a las muchachas que trabajan en las casas de los riquillos de la zona y que tenían el domingo libre para hacer lo que quisieran. Estas muchachillas se ponían sus mejores ropas, se pintaban la cara llamativamente y asistían a Chapultepec ya sea solas o en bola.

Julio, Lino, Ramón, Pancho y yo, que éramos los Heartbreakers de la cuadra y amigos inseparables, algo así como uña y carne o como dice Polo Polo, calzón y caca, asistimos a Chapultepec ese día a ver que se nos pegaba.
Pasaban las muchachillas y les aventábamos piropos bonitos o les aventábamos miradas al estilo de Mauricio Garcés y no tardamos mucho en hacer contacto con unas muchachillas que andaban en bola. 

El coqueteo entre ambas bandas comenzó. Nosotros cargábamos siempre con un balón de futbol que era como el anzuelo; aventábamos el balón a la bolita enemiga y, si había interés por alguno de nosotros, una de las chamaquillas regresaba el balón. Nos íbamos acercando poco a poco y de repente uno de nosotros comenzaba a platicar con el grupo enemigo, como para hacer un tratado o para platicar cuales eran nuestras armas y cuales nuestros planes de conquista, si se rendían o preferirían pelear.
Ramón, que fue el primero en hacer contacto con el enemigo, regreso y comento que, venían solas y que no conocían el lugar. Ni tardos ni perezosos nos dispusimos a dar un paseo cultural al grupo enemigo, esa era la táctica, hacer que el enemigo confiara en nosotros para después atacarlo.
Pronto ya estábamos practicando futbol con equipos mezclados entre ellas y nosotros, esa también era parte de la táctica, cansábamos al enemigo para que al final no se resistiera a nuestra ofensiva.
Ya de repente había parejitas distribuidas en lugares estratégicos del campo de batalla donde los demás no se dieran cuenta de lo que sucedía a su alrededor. La muchacha que había escogido yo no estaba tan peor, no es lo que buscaba pero bueno, a falta de pan, tortillas.

Todo iba bien, arrumacos, besitos forzados, una caricia atrevida por allá, otra por acá y de repente escuche que discutían; la guerra había comenzado.
Lino y su pareja discutían, levantaban la voz al mismo tiempo de que él retrocedía. Mi pareja de momento preguntaba que sucedía y yo le decía, déjalos, se están conociendo.
Ellas se agruparon y optaron posición de ataque, nosotros igualmente nos agrupamos para tratar de tranquilizar la situación y que cada quien continuara con lo que ya habían comenzado. La muchacha que había comenzado la lucha alegaba que traía su dinero guardado entre el brasier y el cuero, y que mientras Lino se entretenía, había tomado el dinero de la muchacha; él alegaba que no, que él solamente había agarrado lo que le habían permitido agarrar, levantaba las manos y se ofrecía a ser trasculcado. Ella aseguraba que él había tomado el dinero.

La discusión se extendió por varios minutos sin llegar a algún acuerdo hasta que nosotros decidimos retroceder y comenzar a retirarnos de la inminente pelea. Los insultos que al principio provenían de una sola persona ahora se multiplicaba, para nuestra mala suerte las muchachillas decían que venían de Veracruz, a lo mejor de Alvarado, porque les salían unas palabrotas que, ¡ah que bárbaro! Yo no había escuchado tantas groserías juntas y dichas así de corridito y sin perder coherencia.
Lino, el causante de todo, fue el primero en ser alcanzado; de certero cachetadón lo hicieron salir corriendo despavorido.

Los demás que contemplamos y quisimos evitar correr la misma suerte pegamos la carrera en diferentes direcciones, cada uno perseguido por su respectiva pareja. Pero a nuestros 15 años promedio, no había quien nos alcanzara y menos si corríamos espantados. Nos logramos alejar lo suficiente hasta perderlas, solamente se escuchaban silbidos al estilo de los famosos 5 tonos, fi, fi, fi, fi, fi recordando a la progenitora de nuestros días.
No sé cuanto duro la persecución, mi mente solo recuerda que cuando regresábamos, Lino pago los refrescos, las donas bimbo y todavía le sobro para pasar la semana.
Sé que es de muy mala onda lo que hacíamos en aquellos años pero, hay que ver que éramos chamacos y que en ese tiempo no nos interesaban los sentimientos. Sabíamos que jamás volveríamos a ver a las niñas aquellas y que tal vez nadie tenga la memoria de acordarse de ellas, solo yo.
Moraleja:
Chicas, no guarden el dinero en lugares inapropiados.


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